Ser ciudadano es tener conciencia del lugar y a la vez, haber asumido nuestra ubicación en el protagonismo de los asuntos cotidianos del mismo.O, dicho de otra forma, la ciudadanía es de nuestra circunstancia, de su asunción responsable y abierta, en tanto que la identidad es del gobierno de nuestro ser; del permitirnos ser en relación de armonía con el otro, sin fronteras.
Luego, si miro más allá de “estas” fronteras, las del Estado-Nación, y no haciéndolo con ánimo de excluir al otro, me permito ir en pos de una ciudadanía del mundo, desde la del lugar o circunstancia de vida que me comprende.
Convengamos en que la humanidad necesita referentes, personas memorables, por ende seres ejemplares para todos, de tal forma que su marco ético permita que con su recuerdo e imitación, adaptándolo cada quien a su lugar y momento, construyamos un mundo mejor por digno, equitativo y libre.
Ciudadano del lugar, ciudadano del mundo
El asunto estriba, según creo entrever, en poder construir una ciudadanía que, superado el marco nacional, haga que el individuo que la vista, permanezca siendo persona y no tomo de ésta lo peor: creer que el que está del otro lado de la línea es un bárbaro, ajeno a toda consideración de respeto y comprensión.
O sea, tratar de “quitar” del concepto “ciudadanía” todo ese barniz que lo priva de una apertura hacia los cuatro costados que aliente a que nuestro mundo cuente con seres responsables y libres, cada quien repito en su circunstancia de vida, pero todos habitantes y corresponsales entonces de la suerte del resto. Será utópico pero, ciertamente, es indispensable.
Consiste, creo yo, en buscar “trabajar” esos aspectos mezquinos que se encuentran en el interior de cada uno de nosotros y que si dejamos que prosperen –desactivando nuestra reflexión crítica-, devienen en egocentrismos y actitudes bárbaras, excluyentes del otro y refractarias, pues, de todo atisbo de búsqueda de complementación con aquel.
Pero lo cierto es que este sujeto tan peculiar, tan profundo en pensamiento, tan turbado en vida y merecedor de las más variadas miradas, dijo cosas que deben ser recordadas.
Continúa diciendo Rousseau lo siguiente: “El sentimiento de nuestra debilidad viene menos de nuestra naturaleza que de nuestra codicia: nuestras necesidades nos acercan en la medida en que nuestras pasiones nos dividen, y cuanto más enemigos nos hacemos de nuestros semejantes (y aquí está aludiendo a Hobbes, recordémoslo), menos podemos prescindir de los mismos.”
En suma, y para finalizar esta reflexión, diría que no hay desafío más difícil que el de construirnos como personas. La familia, el entorno, nuestras más tempranas impresiones y acciones, van forjando un marco, hasta quizá podríamos llamarlo un arquetipo, con los otros que, en tanto se modele en equilibrio con esos otros, permitirá, y así nos permitiremos, una construcción nacional, sensible y con sentido social que permita al mismo tiempo proyectarla, armónicamente, en lo regional, luego en lo internacional hasta que, maduro el hombre se avenga, nos avengamos, a forjar una cadena no de opresión sino de libertad plena.
Recordar además, que es decir el recordarme a mí mismo también, que el ciudadano admite la diferencia pero no la desigualdad, contra la que debe –debemos- luchar a fin de erradicarla.
Y eso comienza hoy y recomienza mañana.
La tarea es permanente pues se trata de forjar un hombre nuevo, es decir, un hombre libre que pudo apagar sus miserias resaltando lo sublime que lo humano tiene en sí: su complementario con la otra persona y así, de dos, de a tres, todos juntos, codo con codo, forjar una vida tan digna como merecedora de ser vivida.
QUE PADRE TE QUEDO SE ME HACE MUY IMPORTANTE LA CONCIENCIA QUE QUIERES CREAR Y LO QUE DAS A ENTENDER CON RESPECTO AL CIUDADANO DEL SIGLO XXI
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